Tomi fue el primero en disparar. De ahí en más los sucesos nos transformaron en un epítome de la barbarie. Al otro lado, los pastizales más altos habían devenido en la línea imaginaria que separaba la vida de la muerte. Es que la naturaleza se torna ingobernable cuando los filos de la supervivencia nos atraviesan las pupilas.
Estaban ahí, acechando. Se podía escuchar el murmullo de esas “ratas infectas” cortando el denso manto de oscuridad. Avanzando con lentitud, cautas, como tanteando el terreno. Se dejaban advertir en ese cuchicheo farragoso, febril y no tan distante. Cada vez más cercano. El rumor se amplificaba con cada paso. La espera nos inmovilizaba. Luego, de un momento a otro el vacío gobernó el tiempo. El silencio total. La ausencia de todo. Aguardábamos flotando en esa tensión silenciosa, donde hasta el propio cuerpo incomoda. El instante de la perturbadora quietud. Lo sabíamos, lo sospechábamos. Esa calma anticipaba la tormenta. Y en un soplo todo se volvió confusión. El silencio se tornó griterío de unos pocos; y el de esos pocos se volvió en muchedumbre desesperada. Ahora carajo, ordené. Una multitud avanzaba hacia la línea. Tomi fue el primero en disparar. Al instante, los reflectores bañaron con chorros de luz la penumbra. Los automóviles también iluminaron el escenario. De un lado las ráfagas. Del otro, familias enteras desplomándose como fichas de dominó. Madres cargando en brazos a sus criaturas, derrumbándose en una impotente protección sobre los pastos secos.
Hijos de puta, gritaba el “Sota” mezclándose las puteadas con el rumor de la ametralladora. “Juanca”, en cambio atinaba a cerrar los ojos enmudeciendo tras cada vómito de su carabina. Cuerpo a tierra, a espaldas de las matas lacrimosas, o montados sobre las camionetas, o parapetados tras las justificaciones más nobles. Esas eran nuestras trincheras. Ya no podíamos confiar en las medidas de un Estado incompetente que no había podido con el dengue. Menos aún podría con peste de la gripe porcina. La solución quedaba en nuestras manos. Sobre todo desde que la subcomisión de salud y desarrollo de la OMS había declarado a la Argentina país libre de contaminación viral. A diario, hordas de pútridos infectos intentaban atravesar nuestras fronteras. Nos organizamos de inmediato. No dudamos un instante. La naturaleza nos invitaba a este festín de supervivencias. La patria y la familia debían ser garantizadas a pesar de todo. A costa de cualquier sacrificio.
El terreno se había vuelto un escenario de operaciones severas y urgentes. De medidas drásticas. Lo sabíamos, pero aquí no había lugar para débiles, ni maricones. Paraguayos de mierda, gritaba “el Paragüa”, que por cierto en Paraguay se hallaba su patria y su sangre toda. Rolando Manfredi escupía insultos a una familia boliviana en un inglés aprendido por correo (3 semanas escuchando cassettes del English Learning Audio Institute habían rendido sus frutos). Quizás lo hacía para sostener el rol y la distancia (al menos eso le habían dicho en una capacitación que la empresa había organizado días antes) o tal vez lo hacía por aquella secreta devoción que sentía hacia la figura de Chuck Norris. Claudio arrojaba piedras con fruición que solían coincidir con los vómitos de la metralleta de Fernando. La duda la sembró Héctor Fioribondi, ¿Che los bajan los piedrazos o las balas?. Todos nos encogimos de hombros.
El caos, el griterío, y la música de la muerte dominaban estas estepas. De un momento a otro la agitación se transformó en quietud, silencio y sobras de la sombras. La oscuridad atinaba a recobrar su espanto silencioso, pero la pared de fuego hecha de cadáveres prorrumpía con su rutina abominablemente luminosa y además nos protegía del asedio de los infectos. No hubo clemencia. No podía haberla. ¿Cómo distinguir a los sanos de los enfermos en tales circunstancias?. No había lugar para la misericordia. Nuestra operación se repetía a cada centímetro de nuestra geografía. Allí donde hubiera una frontera habría hombres aceptando el llamado de la madre Patria. Pues eso somos, apenas hombres derechos, decentes y comprometidos con la Causa. Eso somos. Pero sobre todo Patriotas y Creyentes.
Un cuento de Vitus "El Iscariote" Homini Lupus est
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