Corría desesperadamente, en una ausencia vital pero emergente. Corría como sólo lo hacen quienes tienen la virtud de la supervivencia, dejando pedazos de sí en cada perfecta sincronización de sus músculos y articulaciones. No había tiempo para intelectualizar lo que su intuición le había anunciado. “Corre ... sólo corre” fue la invitación forzada de su sistema límbico. “Corre ... corre por tu vida” le venía como un goteo desde su cerebro y no podía más que acatar la orden. El pánico comenzó a circular por sus nervios y éstos envenenaron su sangre. Se detuvo cuando la voz se lo ordenó. Aquí no había química que justificara el suceso, al menos eso creyó ingenuamente. Miró a su alrededor y nadie había allí. La ausencia incomodó aún más a su espíritu. Era una voz, como de puta callejera. Recordó a su madre. Vio a su madre. Quiso ahuyentarla con una pantomima infructuosa. No pudo. Volvió a correr espantado, su puta madre lo perseguía, le pisaba las huellas. Aprovechó el cruce. Aprovechó la barrera baja. Aprovechó que el tren estaba arrancando. Se dejó ir en el peso de las ruedas sobre los rieles, y su cuerpo, o la sombra de un no cuerpo ahí entre medio, hecho un colgajo de carnes y huesos que ni un perro comería. Ni la carroña de otras almas se hubieran animado a desayunar ese banquete del infierno.
Un cuento de Vitus "El Iscariote" Homini Lupus est
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