Pienso en el dolor que nos cobija. En la arquitectura profunda de esos deseos incubados en la distancia.
Pienso en los días que no son; que ya no son; que nunca volverán a ser. Pienso en mi nostalgia, mi puta nostalgia. Mi cárcel y mi alimento.
Pienso en ser y no ser, en el ser y la nada (al decir del virolo). A propósito, esa es mi desgracia. Ese pendular entre la existencia repugnante y la ausencia misericordiosa.
Pienso en el fin, y en que todo fin tiene su causa, y que toda causa tiene su efecto, y que hay efectos…
Pienso en los días de mi jardín severo. Un jardín hecho de piedras y flores oxidadas. Pienso en la corrosión de mi ánimo. Pues mi condición no me clausura estas sensaciones incómodas. Tampoco su beneplácito.
Pienso en los días lejanos. En la amistad irreverente. Pues mi condición no me clausura estas sensaciones incómodas (jajaja). Pienso en las almas que me han hurtado… ese que por cielo tiene su patria.
Pienso en los conversos. En los que fueron fuego inagotable, brasas de vida vivida al extremo. Pienso en los días del rock yugular, y en ese ángel nefasto en el que me convirtieron. Pienso en el bourbon, en blues y los excesos.
Pienso en los que vienen, y que en ellos a su vez se esconde el germen de sus descendencias. Los veo crecer y eso me aterra. Pienso en el tiempo, en mi destiempo. En la impaciente inmortalidad que se ramifica por mis arterias.
Pienso en mi, lobo del hombre y tengo hambre de hombres, de humanidad, salvaje humanidad.
Pienso en mi, Vitus inefable que me copio en un espejo cruel, que me devuelve vejez, decrepitud y los rebotes de una muerte inalcanzable.
Me río. Sonrío frente al espejo roñoso de esta pensión del barrio de Constitución. Sonrío y mis atabacados dientes me recuerdan la noble destreza de mi fiel compadre Luzbelito.
Pienso que tuve padre y madre y que el tiempo los ha robado de mi memoria. Pienso en la deshonra que les he sembrado.
Pienso, mientras las putas de las piezas de al lado se preparan para sus felaciones lácticas, en sus mantos de vulgaridad.
Pienso que pienso demasiado y en la urgencia de mi alma (o no alma) la exigencia de pensar se ha tornado un hábito presuroso. Pienso que ya no siento, o que siento demasiado. Pienso que me duele el mundo, mi mundo y que estoy harto de ser diablo de sus diablos.
Pienso en el nombre que me designa y en los mil nombres que se escabullen detrás de su pronunciación periférica. Pienso desde mi propia periferia en mi oficio oprobioso. En la lujuria de la carne bulliciosa y el silencio que nos devuelve la vileza. Pienso en los que han pactado conmigo y es justo que los llame hijos de puta. Pienso en esos falsos profetas que abusan de nuestra clientela, pues Él y yo, al fin y al cabo nos disputamos el mismo rebaño de ilusos. Un reino aquí, otro allí. ¿Cual es la diferencia?
Pienso que me he quedado sin cigarros. Voy por Azucena, la puta de la pieza de abajo. Seguro ha de estar con un cliente. Es bueno ser yo en tales circunstancias, y poder meterme en la piel de su cliente (sin que ella o él lo noten). No me interesa el jugo de su vientre, su vagina es carnosa y pestilente. Sólo quiero un cigarro. Pues mi condición no me clausura estas sensaciones incómodas.
Es palabra de Vitus
No hay comentarios:
Publicar un comentario